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Mitos e ilusiones de la ciencia- Pablo Jensen

publicado el 02/08/10 - 16:47

La creencia en que la ciencia avanza sin cesar en el conocimiento de una realidad estable, limitada y siempre igual a sí misma es de un candor insostenible, heredero del optimismo del siglo XIX.
Las ciencias experimentan dificultades para encontrar su lugar en la sociedad. El ejemplo de las actuales controversias sobre las biotecnologías lo ilustra bien: los biólogos se encuentran entre dos fuegos; desde ambos lados les cuestionan su aislamiento en la torre de marfil de la investigación “fundamental”. Por un lado, el poder económico privilegia, a través de algunos financiamientos, la investigación con objetivos de aplicación, y exige el secreto y la inscripción en patentes. Por el otro, el público rechaza el papel de espectador pasivo que durante mucho tiempo se le ha asignado, y se rebela contra algunas ignorancias científicas, por ejemplo sobre los efectos de los organismos genéticamente modificados (OGM) en pleno campo. Todos los ámbitos científicos se encuentran presos de esta contradicción, que remite al viejo ideal de la ciencia pura, rechazando las “deformaciones inherentes a las contingencias económicas y sociales” (1). En estos últimos años, los estudios de historia social de la ciencia, que iniciaron con gran vigor Alexandre Koyré y luego Thomas Kuhn (2), renovaron totalmente el enfoque de estas cuestiones y, más ampliamente, la manera de concebir el lugar de la ciencia en la sociedad.
Estos trabajos se refieren en primer lugar a la Revolución Científica, que está en el origen de las ciencias modernas, con frecuencia presentada como la victoria de la razón frente, especialmente, a una iglesia oscurantista. Un error. La mayor parte de los sabios como, por ejemplo, Isaac Newton, eran profundamente creyentes y pensaban que “descubrir las leyes de la Naturaleza gracias a la física es descubrir las obras de una providencia soberanamente inteligente, es convencerse de que la organización del mundo no es producto del azar” (3). Mucho más que en el surgimiento repentino de la Luz, es en la declinación de las antiguas jerarquías –gracias a la difusión de las ideas por la imprenta– y en la agitación suscitada por el descubrimiento del Nuevo Mundo donde hay que buscar la fuente de esta Revolución. Entonces, las nuevas ciencias abandonaron la concepción de la Naturaleza como una maravilla gobernada por principios ocultos, para imaginarla parecida a una gigantesca máquina. Una máquina que sigue leyes regulares y necesarias, susceptibles de ser traducidas a un lenguaje matemático, y cuyo conocimiento hace posible la previsión y, por lo tanto, acciones racionalmente fundadas. Lo que no impidió que la visión mecanicista de la Naturaleza se mantuviera durante mucho tiempo… como un acto de fe (4), incapaz de explicar fenómenos tan familiares como la cohesión de los materiales, la caída de los cuerpos o las mareas.
El pensamiento mecanicista, inspirado tanto en la tecnología como en la religión, permitió construir un saber eficaz, dirigido al control del mundo, precisamente en el momento en que se producían la expansión colonial y la primera Revolución Industrial. Los universos científicos, técnicos y el de los poderes económicos o políticos estuvieron entonces profundamente imbricados, ya que las ciencias contribuían al control ejercido por los Estados, a las actividades de producción y a las operaciones militares. El desarrollo de las ciencias, como lo han demostrado los estudios empíricos (5), está asociado a lugares de poder muy diversos, desde un ducado florentino hasta una revista internacional. Algunos ejemplos permiten abandonar la imagen etérea del sabio razonando por sí mismo y libre de cualquier contexto. Porque se insertó en el espacio de libertad que representaba la Corte, Galileo pudo “armar” un nuevo papel social y cultural, el del filósofo matemático del gran duque de Toscana, y así legitimar la utilización de las matemáticas, dando vuelta las jerarquías aceptadas hasta entonces (en la Universidad legada por Aristóteles, a los matemáticos se les pagaba siete veces menos que a los filósofos). Dentro de la RAND Corporation –institución de investigación típica de la ciencia estadounidense de la posguerra, dirigida por los militares– la colaboración entre físicos, matemáticos, ingenieros y economistas fue determinante para la implementación de la economía matemática moderna y su fetichismo del mercado racional. Los editores de la revista Nature, al seleccionar los “buenos” artículos antes de cualquier examen por los pares, influyeron con su prestigio en la política científica a nivel mundial.
La evolución de las ciencias no resulta de un proyecto coherente concebido en un determinado lugar, sino de cambios globales, producidos tanto por los productores de saber como por las potencias temporales y espirituales. Cada actor persigue sus propios intereses y trata de aprovechar lo que se modifica en su entorno. Así, surgen nuevas visiones científicas del mundo, aprovechando conjunciones singulares, algunas de las cuales “prenden” cuando, por razones complejas, logran reclutar a numerosos actores, tanto sociales como naturales. La historia de las ciencias se parece a la del lecho de un curso de agua, construido por innumerables conjunciones geológicas. Con muchos accidentes, obstáculos y desvíos. Una visión muy diferente de la propuesta por la historia habitual (6), que describe los adelantos de las ciencias como el descubrimiento progresivo de una Naturaleza fija. Como si el río “descubriera” su lecho actual, corriendo inevitablemente desde su fuente a la desembocadura. Pero el río Loire, por más sorprendente que pueda parecer, pasaba antes por lo que mucho más tarde se llamaría París. La historia realista de las ciencias está llena de suspenso, de sorpresas y de tumbos.
A veces, estos estudios sociales de las ciencias y de sus consecuencias políticas son acusados de no ser más que anecdóticos, porque no abordan lo que puede considerarse como el corazón de las ciencias: los objetos que ellas “descubren”, átomos o microbios. Esta objeción requiere varias respuestas. En primer lugar, la práctica efectiva de las ciencias no apunta sólo a describir el mundo tal como es, sino a crear, gracias a los laboratorios, un mundo tecno-artificial donde sus conceptos son operacionales. Esta tendencia, dominante hoy en día, caracteriza a la ciencia moderna desde sus comienzos. Galileo privilegia el estudio del movimiento en un mundo idealizado donde las fricciones no existen, desencadenando las protestas de los aristotélicos, para quienes la física debía ocuparse del mundo real y no de un mundo artificial, aunque resultara práctico para los matemáticos. Además, la noción de “descubrimiento” es ingenua. No extrae las consecuencias de un hecho ya bien establecido: en el fondo, la “realidad” siempre se nos escapa, porque lo que conocemos mezcla indisociablemente la realidad y nuestros instrumentos de conocimiento, ellos mismos ligados a la sociedad que los ha puesto de manifiesto. Reconocer estos límites conduce a una verdadera historicidad de los hechos científicos, interpretados como dispositivos que mezclan esos tres elementos. Así, los microbios de Pasteur no son los nuestros: tamizados por aparatos y teorías diferentes, son mucho más diferenciados, y algunos se convierten en virus. En cuanto a los átomos, constituyen una visión de la materia que sigue pegada a los materiales purificados producidos por los laboratorios modernos. Esto no significa de ninguna manera, contrariamente a lo que algunos teóricos han anticipado, que esas entidades sean ilusorias: se comportan bien en los laboratorios y siguen siendo un elemento esencial en la construcción de los “hechos” científicos. Pero las características que les conocemos no agotan su realidad: de cierta manera, estas entidades se expresan bien por sí mismas, pero nunca dicen todo lo que saben…
Siguiendo a los investigadores en sus gestos cotidianos, mirándolos fabricar objetos y sentidos en universos sociales y políticos diversos, esos trabajos, que se desarrollan desde hace una treintena de años, muestran que la ciencia no descubre “el” mundo, sino que construye mundos que mantiene juntos a humanos, máquinas y objetos naturales. En cuanto a las ciencias puras, nunca siguen siéndolo durante mucho tiempo. El ideal de un saber neutro, autónomo de los demás universos sociales, fue resaltado por los propios sabios en el siglo XIX para colocarse por encima de la pelea, precisamente en el momento en que su inserción en el mundo socioeconómico se intensificaba (7).
Una vez parcialmente disipadas estas múltiples ilusiones, fue posible tratar de integrar mejor las ciencias al debate democrático. Las grandes controversias científicas ya no se resumen en confrontaciones entre sabios racionales y un público oscurantista. Corresponden más bien a debates políticos entre partidarios de los diferentes mundos posibles. Ya se trate de terapias genéticas, de nanotecnologías o de OGM, ahora resulta más evidente que nunca que esos adelantos científicos no deben ser juzgados separadamente del sistema social en el cual están insertos (8). ¿Cómo asociar a los investigadores a una sociedad civil que ya no acepta el papel de espectador pasivo, pero que a veces es muy influenciable y versátil, como lo han mostrado los cambios de opinión sobre el calentamiento climático, al mismo tiempo que se salvaguarda la autonomía con relación a las presiones económicas? Para Isabelle Stengers, una solución posible consiste en centrar la definición de las ciencias en la construcción de pruebas confiables (9). Los industriales amenazan la confiabilidad con una exigencia más fuerte, la de la competitividad; mientras el público demanda la extensión de este tipo de pruebas hacia el exterior del laboratorio. Aunque ya existen varias pistas, como las conferencias ciudadanas o la separación de los poderes sugerida por Bruno Latour (10), las formas concretas que puede revestir tal implicación del público están por inventarse.