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Para Sigmund Freud -Bernard-Henri Lévy

publicado el 02/05/10 - 22:56

– El Pais du 02/05/2010 Michel Onfray se queja de que lo critican sin leerlo? Pues bien, yo lo he leído. Lo he hecho esforzándome, en la medida de lo posible, en dejar a un lado las antiguas camaraderías, las amistades comunes y, ni que decir tiene, el hecho de que ambos publiquemos en la misma editorial.
En honor a la verdad, he de decir que, al término de esta lectura, me sentía aún más consternado de lo que hacían presagiar las reseñas que me habían llegado con anterioridad.
No es que yo sea uno de esos para quienes el « ídolo » Freud es intocable: desde Foucault a Deleuze, pasando por Guattari y otros, son muchos los que han tenido sus más y sus menos con él y, aun sin estar de acuerdo con ellos, nunca he negado que han hecho avanzar el debate. Tampoco es el resentimiento antifreudiano, por no decir la ira, o incluso el odio, lo que, como he leído aquí y allá, justifican, en mi opinión, el malestar que produce. El crepúsculo de un ídolo: la ira ha dado grandes libros, y el que un autor contemporáneo mezcle sus propios afectos con los de un glorioso antecesor, se mida con él, ajuste cuentas con su obra en un panfleto que, en el calor del enfrentamiento, aporta argumentos o enfoques nuevos…, todo esto es, en sí mismo, más bien saludable. Y, además, en otras ocasiones, Onfray lo ha hecho con verdadero talento.No.
Lo que molesta de este Crepúsculo es que, de repente, se torna banal, reduccionista, pueril, pedante y, a veces, roza el ridículo, como cuando se inspira en unas hipótesis conspirativas tan estrafalarias como peligrosas, que asumen, y tal vez esto sea lo más grave, ese famoso « punto de vista del criado », que, como todo el mundo sabe -ya desde Hegel-, raramente es el mejor para juzgar a un gran hombre o, menos aún, una gran obra… Banal: citaré como único ejemplo la pequeña serie de libros (Zwang, Debray-Ritzen, René Pommier) a los que Onfray tiene, por otra parte, la honestidad de rendir homenaje, junto a algunos más, al final del volumen, y que ya defendían la tesis de un Freud corruptor de la moral y anunciador de la decadencia.
Reduccionista: hay que tener estómago para soportar, sin echarse a reír u horrorizarse, la interpretación cuasi policiaca que hace Onfray del hermoso principio nietzscheano que, sin embargo, conoce mejor que nadie, y según el cual la filosofía es siempre una biografía codificada o encubierta (a grandes rasgos: si Freud inventó el complejo de Edipo fue para disimular -página 111- su resentimiento contra su amable padre y para reciclar -página 505- sus no menos desagradables pulsiones hacia su madre).
Pueril: su pesar -página 477- por no haber encontrado, en las « seis mil páginas » de las obras completas, esa « crítica franca del capitalismo » que hubiera colmado de satisfacción al fundador de la universidad popular de Caen.
Pedante: las páginas (73-76) en las que se pregunta gravemente qué deudas inconfesables habría contraído el fundador del psicoanálisis, pero sin querer reconocerlo, con Antifonte de Atenas, Artemidoro, Empédocles y el Aristófanes de El banquete de Platón.
Ridículo: la página en la que, tras sendas consideraciones, más que dudosas, sobre su probable recurso al onanismo y, luego, una curiosa inmersión en los registros de los hoteles - »lujosos, en su mayoría »: página 162- en los que el vienés habría ocultado durante años sus amores culpables con su cuñada, Onfray, llevado por su fervor de policía de la moral y las buenas costumbres, termina haciéndole sospechoso de haber preñado a la mencionada cuñada, a una edad en la que esa clase de felices acontecimientos no suceden, a no ser en la Biblia, sino muy raramente.
El complot: es, como en El código Da Vinci (¿acaso el psicoanálisis, según Onfray, no es el equivalente de una religión?), la imagen fantasmagórica de esos gigantescos « containers » de archivos enterrados, en particular, en los sótanos de la Biblioteca del Congreso de Washington, ante cuyo umbral se diría que hacen guardia unas milicias de templarios freudianos, tan codiciosos, feroces y astutos como su venerado maestro. El ojo del criado, finalmente: es ese método, siempre extraño, que consiste en partir de las supuestas pequeñas debilidades del hombre (su costumbre -página 169- de escoger personalmente, vayan a saber por qué, el nombre de bautismo de sus hijos « en relación con su mitología personal »), de sus no menos supuestos defectos (deseo de gloria, ciclotimia, arritmias cardiacas, tabaquismo, humor cambiante, insuficientes prestaciones sexuales, miedo a los trenes… y no me invento nada: este catálogo de « taras » está entre las páginas 102 y 157 del libro), eventualmente de sus errores (una dedicatoria a Mussolini que se conoce desde siempre, pero que Onfray parece descubrir ahora y que, extraída de su contexto, lo sumerge en un estado de gran frenesí), para concluir la invalidez de la teoría en su conjunto: el clímax llega, por otra parte, cuando, al final de la obra -página 522-, se apoya directamente en el libro de Paula Fichtl, es decir, en los recuerdos de la que fuera criada de la familia Freud durante 50 años y luego del propio Freud, para denunciar las relaciones con el fascismo austriaco del autor de « Moisés y el monoteísmo ».
Todo esto es lamentable.
Me cuesta reconocer en este entramado de trivialidades, más necias que maliciosas, al autor de algunos libros -El vientre de los filósofos, entre otros- que tan prometedores me parecieron hace 20 años. El psicoanálisis, que ha conocido días peores, lo superará. No estoy seguro de que Michel Onfray pueda hacer otro tanto.
Bernard-Henri Lévy
Traducción: José Luis Sánchez-Silva