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La americanización de la enfermedad mental

publicado el 15/01/10 - 11:26

Ethan Watters
A los estadounidenses [Americans], sobre todo si son del tipo que tiende a la izquierda, con educación superior, les preocupan las meteduras de pata de nuestro país en otras culturas. (...) Durante muchos años hemos involucrado afanosamente en un grandioso proyecto de Americanización de la forma como el mundo entiende a la salud y a la enfermedad (illness) mentales. Puede que de hecho hayamos llegado bastante lejos en la homogeneización de la forma como el mundo se vuelve loco. (...)
Muchos practicantes e investigadores en salud mental en la actualidad creen que el estatus científico de nuestros fármacos, nuestras categorías de la enfermedad, y nuestras teorías de la mente han situado el campo más allá de la influencia de tendencias culturales y creencias infinitamente cambiantes. En efecto, tenemos máquinas que pueden literalmente mirar la mente en funcionamiento. Podemos cambiar la química del cerebro en cantidad de formas interesantes y podemos examinar secuencias de ADN en cuanto a sus anormalidades. Se asume que estos notables avances científicos han permitido a los practicantes de hoy día evitar los puntos oscuros y los perjuicios culturales de sus predecesores. (...) Las enfermedades mentales (mental illnesses), se sugería, deberían tratarse como “enfermedades cerebrales” (“brain diseases”) sobre las cuales el paciente no tiene mucha elección o responsabilidad. Esto ha sido promovido como un hecho científico y además como una narrativa social que aportaría grandes beneficios. La lógica parecía inatacable: cuando la gente creyera que la aparición de enfermedades mentales nada tuviera que ver con fuerzas sobrenaturales, mal carácter, pérdida de semen u otra noción pre-científica, aquél que sufre estaría a salvo de la condena y del estigma.
Pero ¿es cierto que la creencia en la “enfermedad cerebral” reduce el estigma? En 1997, la profesora Sheila Mehta de la Universidad de Auburn en Montgomery, Alabama, decidió averiguar si la narrativa de la “enfermedad mental” tenía el efecto pretendido. (...) “Los resultados del presente estudio sugieren que podemos realmente tractar a la gente de manera más severa cuando su problema es descrito en términos de enfermedad (disease),” ha escrito Mehta. “Decimos que estamos siendo simpáticos, pero nuestras acciones sugieren otra cosa.” El problema, al parecer, es que la narrativa biomédica acerca de una enfermedad (illness) como la esquizofrenia conlleva la sutil suposición que un cerebro que se ha vuelto enfermo a través de anormalidades biomédicas o genéticas es está más completamente dañado y es anormal de forma más permanente que otro que se ha vuelto enfermo por situaciones de la vida. “Ver aquellos que tienen problemas mentales (mental disorders) como enfermos (diseased) los aparta y puede llevarnos a percibirlos como físicamente diferenciados. Las aberraciones bioquímicas hacen de ellos casi una especie distinta.” Por otras palabras, la creencia que se suponía disminuir el estigma, en realidad lo ha aumentado. ¿Ha sido eso igual de cierto fuera del laboratorio, en el mundo real? La cuestión es importante porque el movimiento del occidente hacia una “literacia de la salud mental” ha ganado terreno. Algunos estudios demuestran que un poco por todas partes se ha adoptado de forma consistente este modelo médico de enfermedad mental. Aunque estos cambios son más extensivos en los Estados Unidos y Europa, se han documentado mudanzas similares en otros lugares. Cuestionados sobre el nombre de las fuentes de enfermedad mental (illness), es cada vez más habitual escuchar a personas de distintas culturas refiriéndose a factores de “desequilibrio químico”, “enfermedad cerebral” (brain disease) o “genéticos/hereditarios”. (…) Resulta que los que han adoptado creencias biomédico/genéticas acerca de las patologías (disorders) mentales han sido los mismos que han querido tener menos contacto con los enfermos mentales y que los han considerado más peligrosos e impredecibles. Esta desafortunada relación ha salido a luz en numerosos estudios por todo el mundo. En uno de ellos llevado a cabo en Turquía, por ejemplo, aquellos que han considerado el comportamiento esquizofrénico como akil hastaligi (enfermedad del cerebro o de las capacidades de razonamiento) eran más proclives a afirmar que los esquizofrénicos son agresivos y no deberían vivir libremente en la comunidad que aquellos que veían la enfermedad como ruhsal hastagi (un problema [disorder] del yo [self] espiritual o interior). Desde hace tiempo los investigadores han intentado comprender lo que puede ser el hallazgo más sorprendente en el estudio transcultural de la enfermedad mental: personas con esquizofrenia en países en desarrollo parecen progresar mejor con el tiempo que aquellas que viven en naciones industrializadas. Este ha sido el alarmante resultado de tres grandes estudios internacionales llevados a cabo por la Organización Mundial de la Salud a lo largo de treinta años, empezando a principios de los 70 del siglo XX. La investigación ha indicado que los pacientes de fuera de Estados Unidos y Europa presentaban índices de reincidencia significativamente más bajos – del orden de los dos tercios más bajos que en un estudio de revisión. Estos datos han sido ampliamente discutidos y debatidos en parte por su obvia incongruencia: las regiones del mundo con más recursos para dedicar a la enfermedad – la mejor tecnología, los fármacos de última generación y las instituciones académicas y de investigación privada más financiadas – tenían los pacientes más atribulados y socialmente marginalizados.
Intentando aclarar este misterio, la antropóloga Juli McGruder de la Universidad de Puget Sound estuvo años en Zanzíbar estudiando a familias de esquizofrénicos. Si bien la población es mayoritariamente musulmana, las creencias swahili en la posesión por espíritus aún prevalecen en el archipiélago y son comúnmente evocadas para explicar las acciones que alguien que viola las normas sociales – desde una hermana que azota a su hermano hasta alguien acuciado por delirios psicóticos. McGruder descubrió que lejos de ser estigmatizadoras, dichas creencias servían ciertas funciones útiles. Las creencias prescribían una serie de intervenciones socialmente aceptadas y ministraciones que mantenían a la persona enferma ligada a la familia y a los parientes (kinship group). “Los espíritus musulmanes y swahili no son exorcizados en el sentido cristiano de expulsar demonios”, afirmó McGruder. “Son más bien sonsacados con comida y ofrendas, celebrados con canto y danza. Son aplacados, apaciguados, son reducidos sus malhechos.” McGruder ha visto este acercamiento en muchos pequeños actos de cordialidad (kindness). Ella ha observado a familiares utilizando pasta de azafrán para escribir versículos del Corán en los bordes de copas para que la persona enferma pudiera literalmente beber las palabras sagradas. Las creencias la posesión por espíritus tenía otras ventajas insospechadas. Críticamente, la historia concedía a la persona con esquizofrenia un programa de salud bien definido cuando la enfermedad entraba en remisión. Un individuo enfermo disfrutando de un periodo de relativa salud mental podía, al menos temporalmente, retomar sus responsabilidades respecto a sus parientes. Puesto que la enfermedad era vista como obra de fuerzas externas, se entendía como una aflicción para quien la sufría pero no como una identidad.
Es improbable que la evolución de un cáncer con metástasis cambie por el modo como hablemos de él. En la esquizofrenia, sin embargo, los síntomas están inevitablemente enredados en las complejas interacciones de una persona con lo que la rodea. De hecho, algunos investigadores han documentado desde hace tiempo la correlación de ciertas reacciones emocionales de familiares con índices más altos de reincidencia en personas en las que se ha diagnosticado esquizofrenia. Colectivamente referidas como “emoción sobre-expresada” (high expressed emotion, “high EE”), dichas reacciones incluyen crítica, hostilidad e involucración emocional excesiva (como sea una sobreprotección o intrusión constante en la vida del paciente). En un estudio, 67% de las familias americanas blancas con un familiar esquizofrénico han sido clasificadas como “high EE”. (Entre las familias británicas, el 48% era “high EE”; entre las mejicanas el valor era 41% y en las indianas 23%.)
¿Querrá este alto nivel de “emoción expresada” decir que a los estadounidenses nos falta simpatía o bien deseo de cuidar a los mentalmente enfermos? Todo lo contrario. Los familiares que eran “high EE” estaban simplemente expresando una perspectiva particularmente americana del yo (self). Ellos tendían a creer que los individuos son dueños (captains) de su destino y deberían ser capaces de superar sus problemas con la fuerza de su voluntad personal. Sus comentarios críticos respecto a la persona mentalmente enferma no significaban que estos miembros de la familia fueran crueles o insensibles (uncaring); ellos estaban tan solo aplicando las mismas suposiciones acerca de la naturaleza humana que las que aplicaban a ellos mismos. (...)
Detrás de la promoción de ideas occidentales sobre la salud mental y la curación reposa una serie de suposiciones culturales acerca de la naturaleza humana. Los occidentales comparten, por ejemplo, creencias dinámicas (evolving) sobre qué tipo de acontecimiento en la vida es susceptible de traumatizarle psicológicamente a uno, y estamos de acuerdo en que descargar emociones hablando es más sano que un silencio estoico. Hemos llegado a consensuar que la mente humana es más bien frágil y que es mejor considerar a muchas experiencias emocionales y estados mentales como enfermedades que requieren intervención profesional. (El Instituto Nacional de la Salud Mental informa que cada año una cuarta parte de los estadounidenses [Americans] tienen enfermedades mentales diagnosticables.) Las ideas que exportamos llevan frecuentemente en su corazón una marca particularmente americana de hiper-introspección – una inclinación a “psicologizar” la existencia cotidiana. Esas ideas están aún profundamente influenciadas por la ruptura cartesiana entre la mente y el cuerpo, la dualidad freudiana entre lo consciente y lo inconsciente, tal como las muchas filosofías de autoayuda y escuelas de terapia que han incitado a los estadounidenses a separar la salud del individuo de la salud del grupo. Dichas ideas occidentales de la mente se están revelando tan seductoras para el resto del mundo como la comida rápida y el rap, y nosotros las estamos extendiendo con rapidez y vigor.
Cuando estos avances científicos se traducen en creencia popular y relatos culturales, suelen desnudarse de las complexidades de la ciencia y se vuelven narrativas cómicamente insubstanciales. Véase por ejemplo este texto publicitando el antidepresivo Paxil en su página web: “Así como la receta de un pastel te pide harina, azúcar y levadura en determinadas cantidades, tu cerebro necesita un buen equilibro químico para obtener su mejor performance.” (…)
Ethan Watters vive en San Francisco. Este texto es una adaptación de su libro “Crazy Like Us: The Globalization of the American Psyche,” que será publicado este mes [enero 2010] por Free Press.
Una versión de este artículo [en su versión completa y en inglés] apareció impresa el 10 de enero del 2010 en la página MM40 de la edición de Nueva York.
http://www.nytimes.com/2010/01/10/magazine/10psyche-t.html?pagewanted=all Traducción al castellano: Francisco Serra Lopes. 14 de enero del 2010.