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¿Por qué leer de nuevo a Foucault? (Manuel Burga)

publicado el 25/04/09 - 23:52

FOUCAULT HISTORIADOR
Cuestionó insistentemente las teorías de la modernidad, pero no buscaba proponer una teoría alternativa, sino más bien revelar todos los códigos y conceptos que organizan el funcionamiento de la sociedad moderna. Denunció las diversas formas de enajenación, pero prefirió hablar como historiador, sin dejar de ser filósofo, por supuesto, para analizar –en casi todos sus libros– el tránsito de la época clásica, siglos XVII y XVIIII, a la modernidad de los siglos XIX y XX.
Su libro de 1961, Historia de la locura en la época clásica (Folie et déraison. Histoire de la folie L´âge classique. París: Plon), no es de fácil lectura para los historiadores, pero su propuesta central es muy comprensible: los locos comenzaron, a mediados del siglo XVII, a ser encerrados en los Hospitales Generales europeos, junto a diversos tipos sociales que también comenzaron a ser encerrados, como los enfermos, delincuentes, libertinos, prostitutas y blasfemos, en un mismo espacio. El autor trata de descifrar los códigos y conceptos de la sociedad clásica, de seguir su evolución, evaluar el impacto de la Revolución de 1789 y, finalmente, de analizar el surgimiento del asilo psiquiátrico y la condición del loco como un enfermo necesitado de cuidado especializado. El nacimiento de la Clínica. Una arqueología de la mirada médica (México: Siglo XXI editores), de 1966, se podría entender como una continuidad de su investigación sobre la locura. En realidad, trata de mostrar cómo surge la medicina clínica, la mirada médica, como consecuencia del surgimiento de un nuevo discurso dentro de un escenario social y político conmovido por la Revolución de 1789.
En el mismo año, 1966, a partir de sus constataciones empíricas, inicia una profunda y desconcertante reflexión teórica con su libro Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas (Les Mots et les Choses. París: Gallimard), donde analiza el tránsito de la episteme clásica a la episteme moderna, mediante la sorprendente metamorfosis de la historia natural en Biología, de la gramática general en Filología y del estudio de la riqueza en Economía Política. Este libro sorprendió a sus lectores y aún sigue sorprendiendo por sus osadas propuestas para entender el cambio de la episteme. Libro que está estrechamente vinculado a Arqueología del saber (1969) y El orden del discurso (L’ordre du discours, 1970, su clase inaugural en el Collège de France), donde vuelve a resumir sus ideas sobre el discurso y las leyes internas y externas que seleccionan y determinan sus enunciados.
En el pequeño libro de 1970, donde al final hace un reconocimiento público a Dumézil, Nietzsche y a Jean Hyppolite, a quien reemplazaba en la cátedra, declara que no tiene una voz nueva, sino que más bien hablará sin agregar nada nuevo a los discursos ya dichos de sus maestros. En estos años perfecciona su crítica a la autoría, privilegia la existencia del discurso o las formaciones discursivas, casi negando la existencia del autor. En este breve ensayo anuncia también su trabajo futuro, que tuvo que ver con el poder, las formas jurídicas, la vigilancia, el castigo, la disciplina, la verdad y, finalmente, la sexualidad.
LA SOCIEDAD COMO PANÓPTICO
Este mismo año ya había empezado a investigar sobre el nacimiento de la prisión moderna. Comenzó así su interés por el poder, a partir del análisis de un espacio donde este se presentaba en su terrible y completa desnudez; el poder como un ejercicio, una física, una acción. Considera que el poder es algo más sutil, como una microfísica que invade los cuerpos y las almas de los individuos, buscando revelar así que el poder no solo es patrimonio de los propietarios de los medios de producción o de los que controlan los mecanismos del Estado, sino más bien que es una acción, un ejercicio que se genera en las extremidades mismas de la sociedad. Desde los mismos individuos. Denuncia esta forma de enajenación consagrada por la sociedad moderna como la esencia, la condición necesaria de la modernidad.
Ingresa a este gran tema desde el análisis histórico de la prisión (Vigilar y castigar (2)). Narra el dramático suplicio de Damians en 1757, un regicida, para luego presentar, en el mismo primer capítulo, el Reglamento Interno de las prisiones de Leon Faucher de1838. De esta manera, como es habitual en sus libros anteriores, muestra cómo se transita del castigo público al cuerpo, ejemplarizador, expresión de la ira del rey, una forma violenta de imponer el amor y el temor al soberano, hasta la aparición del reglamento de Faucher, un conjunto de normas para el buen encauzamiento del alma del prisionero, disciplinándolo hasta convertirlo en hombre dócil y normal. Las prisiones comenzaron a organizarse siguiendo la propuesta de Benjamín Bentham, el panopticón, que deriva en el panoptismo, metáfora utilizada para denominar a una sociedad vigilada, disciplinada y dócil. Este ha sido probablemente el libro más leído, entendido y discutido de Foucault. Aquí también encontramos una de sus propuestas más atrevidas, la noción de poder como una microfísica que se difunde por todos los poros de una sociedad vigilada, disciplinada y normalizada.
Los tres volúmenes de La historia de la sexualidad, publicados entre 1976 y 1984 (Histoire de la sexualité. París: Gallimard), constituyen la obra final de Foucault. El volumen 2, Le souci de soi, y el 3, L’usage de plaisirs, aparecieron en junio, el mismo mes en que falleció en el famoso Hospital de la Salpetrière. De esta manera había cumplido con el Collège de France y con lo anunciado en 1970. Foucault cerraba el círculo que había abierto en 1961 con la Historia de la locura en la época clásica, una gran forma de exclusión, para concluir estudiando lo que en Occidente casi siempre se había ocultado, alterado, camuflado por temor a la moral: la sexualidad.
CRÍTICO DE LA MODERNIDAD
Hacer una presentación de la obra de Michel Foucault, aunque sea breve, como ha sido mi intención, no es una tarea fácil, por la complejidad, riqueza, y hermetismo de su obra; así como por su permanente actitud de enmienda, de ocultar su identidad, de reírse de los que intentaron ponerle una etiqueta. La manera cómo investigó los temas de historia ya lo hace verdaderamente interesante: la locura, la clínica, las palabras y las cosas, la prisión, en esa enorme transición del mundo clásico al moderno, de un episteme a otro, de un pensamiento moralista, clasificador y ordenador a un pensamiento político, científico y secular. No analizó la historia en términos de progreso, escatológico o material, sino la concibió como una sucesión de épocas diferentes, con sus propios códigos y conceptos, con sus propias formas de producir conocimientos. El cristianismo y la moral cristiana significaron para el mundo clásico, lo que las ciencias humanas para la modernidad, aunque ya no nos dice lo que es bueno o malo, lo prohibido o permitido, sino más define lo que es normal o anómalo, sano o enfermo, legal o ilegal, dentro de una sociedad vigilada y disciplinada como la nuestra.
Es interesante también constatar la estrecha relación entre teoría y práctica en Foucault. Entre lo que investigaba y su práctica social, sus actitudes públicas. En 1970, cuando iniciaba sus investigaciones sobre la prisión, fundó el Goupe d’Information sur les prisons (GIP), que lo llevó a cuestionar la vida en las prisiones francesas, los reglamentos penitenciarios, el derecho penal, hasta elaborar una asombrosa explicación de la conducta del asesino Pierre Rivière y cuestionar la misma existencia de la prisión moderna.
En algún momento, en los años 1968-1970, cuando se encontraba muy cerca del maoísmo, justificó la violencia y la justicia popular. También sostuvo, en algunas entrevistas, que el hombre actual perdía su soberanía por la sucesiva influencia de la familia, la escuela, el Estado y los medios de comunicación, que lo alejaban de su individualidad y lo convertían en un sujeto social.
Finalmente, podemos preguntarnos, dejando de lado los excesos, las ocurrencias del autor, su humor negro, ¿qué, finalmente, nos enseña Foucault?, ¿por qué debemos leerlo de nuevo?, ¿aporta nuevas maneras de estudiar viejos temas de historia?, ¿una nueva manera de pensar la sociedad contemporánea? ¿Nos ofrece un conjunto de herramientas teóricas y metodológicas?, ¿una original concepción de la historia, sin progreso, sin genealogías, sino más bien una historia conformada por etapas sucesivas, donde la sucesión no es genética, donde en cada época se organiza el conocimiento de una manera original, sin heredar determinaciones de épocas anteriores?
Considero que Foucault nos enseña mucho, más de lo que estas preguntas pueden sugerir. Por ejemplo, a cuestionar todo o casi todo. Es su crítica a la modernidad, a lo que parece inevitable, normal, aceptable, lógico, lo que algunos no le perdonan. Esta actitud podría ser una buena razón para leerlo de nuevo, en otro contexto histórico, casi sin paradigmas ni ideologías, sino más bien pleno de incertidumbres. Por eso quisiera recordar la crítica que le hicieron los especialistas en reforma de las prisiones a su libro Vigilar y castigar (1976), al señalar, lo que parece lógico, la «posible falta de aplicación práctica de su libro». Sin embargo, Foucault, en 1978, en su estilo muy propio, respondió, «Es verdad que ciertas personas, como las que trabajan en el escenario institucional de las cárceles [...] no hallan en mis libros consejos o instrucciones que les digan “lo que hay que hacer”. Pero mi proyecto es, precisamente, conseguir que “ya no sepan que hacer”’, de modo que los actos, gestos y discursos que hasta entonces han dado por descontados se conviertan en problemáticos, difíciles, peligrosos». Lo que definitivamente quería Foucault es fomentar la búsqueda, la crítica, la escritura en ese espacio en blanco que señalaba al inicio y, por este camino, desnudar las aberraciones, las imperfecciones, las injusticias y los prejuicios de la modernidad. Una invitación a pensar de manera diferente.
(1) Miller, J. (1995) [1993]. La pasión de Michel Foucault. Santiago de Chile: Andrés Bello, p. 19. (2) Vigilar y castigar. El nacimiento de la prisión, Madrid: Siglo XXI editores 1976. Edición original: Surveiller et punir. París: Gallimard.